Tiempo entre fotogramas

Hay imágenes recurrentes, comunes, que se han introducido paulatinamente en nuestro acervo cultural sin darnos cuenta, pero en las que todos nos reconocemos en algún momento y en las que todos deseamos vernos reflejados. Así, todos nos hemos sentido alguna vez durante nuestra vida como el hámster dentro de la ruedecita que no sabe cómo parar de correr y detener la inercia y todos nos hemos querido ver en una playa paradisíaca, coco en mano, disfrutando de unas esplendidas vistas. 

Ambas imágenes, como tantas otras, se han introducido fácilmente en nuestro imaginario colectivo porque son reales, porque corresponden a sentimientos, sensaciones o deseos comunes que la mayor parte de nosotros compartimos. Pero no es eso en lo que se centra este post, sino en el momento entre una imagen y otra. En ese espacio de tiempo entre que para la rueda y estiras la toalla en la playa.  

No podemos determinar cuándo se produce ni cuál es su duración, pero si explicamos qué pasa durante ese tiempo, cualquiera de nosotros será capaz de determinar cuándo ocurre en su caso y cuán largo es. Es el tiempo que te permite recargar pilas, traer recuerdos felices, pero también crearlos y almacenar energía. 

Sin embargo, durante este tiempo también crecen nuevas ideas, somos más creativos, discutimos y debatimos más sobre temas que no centran nuestro día a día, vemos y escuchamos nuevas opiniones, nuevos puntos de vista y aprendemos. 

Y todo esto que ocurre entre una imagen y otra es lo que debemos traer con nosotros cuando volvamos a nuestros puestos. Evidentemente, energías renovadas y recuerdos felices, pero también esas nuevas ideas, ese punto de vista diferente, los aprendizajes que surjan de cada nueva persona. 

Todos nos permitirán empezar con más ganas, ser más creativos, innovar, romper pequeñas rutinas para encontrar nuevas soluciones. Y, crecer. Crecer mientras lo vivimos, pero también mientras lo ponemos en práctica. 

“Durante este tiempo (…) crecen nuevas ideas, somos más creativos, discutimos y debatimos más sobre temas que no centran nuestro día a día, vemos y escuchamos nuevas opiniones, nuevos puntos de vista y aprendemos”.

Sin más y sin menos, para, detente. Deja tu mente en blanco durante un par de minutos en la playa, en la montaña, en la piscina, en el sofá de tu casa o en el patio de casa de tu abuela perdida en un pueblo de 20 habitantes en la estepa castellana. Pero para, respira y disfruta de este pequeño paréntesis que no solo te recargará las pilas, sino que te ayudará a descubrir nuevos caminos que acabaran con los laberintos en los que el día a día te había sumergido. Disfruta del tiempo entre fotogramas y, sobre todo, aprovéchalo.